Hoy en día hay que dar golpes de efecto. Los tiene que dar el político y los tiene que dar el artista que aspire a ser reconocido; los tiene que dar todo aquel que pretenda captar la esquiva atención del público y asomar la cabeza entre la vorágine de opiniones, obras de arte, libros, genialidades e idioteces que produce el mundo contemporáneo. Los océanos están llenos de plástico, sí, y es una pena, pero no es muy distinto a lo que ocurre con la cultura contemporánea: no le cabe un alarido, una chorrada, un despropósito más, y aún no contamos con un equipo de limpieza ni con una Greta Thunberg que se preocupe por descontaminarla de estridencias y majaderías.

Y es que dicha labor, aunque noble, puede ser más difícil que la de purgar los mares. Una Greta cultural tendría que lidiar con verdaderos genios en el contemporáneo arte del golpe de efecto, con verdaderos titanes en las estrategias de autopromoción a punta de escándalos e inocuas rebeldías. Tendría que medir fuerzas con un Boris Johnson, con un Bolsonaro, con un Trump, pero también con el más efectivo de todos, con el verdadero mago en captar la atención de los medios. Nuestra Greta tendría que vérselas con Banksy, el archifamoso y escurridizo grafitero, que de tanto en tanto aparece y el mundo entero entrecorta su aliento, abre los ojos con incredulidad y lanza un aullido de reguetonero en celo -dámelo todo, mami- antes de que enormes cifras de dinero cambien de mano.

Ha vuelto a ocurrir hace unos días: Devolved Parliament, uno de sus cuadros, fue subastado por la casa Sotheby’s en más de 11 millones de euros. Y digo que volvió a ocurrir porque hace exactamente un año, en octubre de 2018, el grafitero realizaba la mayor de sus performances publicitarias: la autodestrucción parcial de uno de sus cuadros justo en el momento en que era vendido por más de un millón de euros.

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